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El fin de la razón universal: el regreso del Leviatán hobbesiano

09 enero, 2026 | Sergio Fernando Morales Alvarado

En un rincón olvidado de la historia, Thomas Hobbes imaginó un mundo sin ley: “solitario, pobre, desagradable y brutal”.

Para evitarlo, propuso el Leviatán, como un poder absoluto que, a cambio de seguridad, exige la renuncia a la libertad individual.

Durante siglos, la humanidad pensó haber superado el autoritarismo medieval, a través de la construcción de un sistema de imperativos morales y categóricos conocidos como los derechos fundamentales universales e iguales para todos, que serán el centro de la razón y la dignidad humana.

Hoy, ese proyecto parece desmoronarse y el fantasma del Leviatán regresa, pero con rostros modernos.

La razón universal que iluminó la Declaración Universal de los Derechos Humanos en 1948 supone que todos los seres humanos, por el mero hecho de serlo, compartían una dignidad inviolable. Era un faro ético tras las atrocidades de la guerra. En las últimas décadas, ese consenso se ha resquebrajado bajo la presión del relativismo cultural, los nacionalismos excluyentes y la lógica de la seguridad.

Vivimos una paradoja: mientras la tecnología nos acerca, la política nos fractura. Los Estados, ante amenazas reales o percibidas –terrorismo, narcotráfico, pandemias, crisis migratorias–, adoptan medidas que sacrifican libertades en el altar de la seguridad: vigilancia masiva, restricciones a la protesta, fronteras blindadas.

El moderno Leviatán no necesita ser un monarca absoluto, le basta con algoritmos y decisiones unilaterales que violan los pactos acordados al final de la Segunda Guerra Mundial.

Hobbes creía que el miedo era el cemento del orden social. Hoy, ese miedo se multiplica en las redes sociales. La posverdad y la polarización han minado la confianza en las instituciones y en la misma idea de verdad compartida. Sin un suelo común de racionalidad, los derechos universales parecen abstractos, lejanos, incluso “impuestos” por élites distantes.

El Leviatán moderno no es solo estatal. También son las corporaciones tecnológicas que controlan nuestros datos y moldean nuestra percepción, o los populismos que ofrecen soluciones simples a cambio de lealtad inquebrantable.

En este panorama, el discurso de los derechos humanos suena, para muchos, a retórica vacía.

¿Estamos condenados a repetir el pacto hobbesiano?

No necesariamente.

Urge reinventar la razón universal para el siglo XXI; no como una imposición, sino como un diálogo intercultural que parta del respeto a la soberanía nacional y cultural de los pueblos; el derecho al desarrollo con base en un comercio libre y responsable que permita el mejoramiento de vida de todos; el combate contra los nuevos delitos como narcotráfico, trata de personas, comercio de órganos, estafas internacionales, delitos informáticos, así como la defensa del medio ambiente y de los grupos vulnerables.

La Organización de las Naciones Unidas ha hecho una importante contribución a la construcción de la razón social; sin embargo, hoy, la realidad demuestra que esta organización debe ser reformada.

Necesitamos un nuevo contrato social universal que equilibre seguridad y libertad, y que reconstruya la confianza desde lo local hasta lo global.

El Leviatán de Hobbes era un mal necesario para evitar algo peor. Nuestro desafío es demostrar que la cooperación respetuosa que se funda en el reconocimiento, protección y promoción de los derechos fundamentales individuales y colectivos es más poderosa que el miedo.

De lo contrario, el fin de la razón universal podría ser el preludio de una nueva era de monstruos.