El 24 de junio de 2026, Quito, la capital de Ecuador, vio arribar alrededor de 160 integrantes del Pueblo Indígena Siekopai, “la nación de la gente multicolor”, para exigir el cumplimiento definitivo de una sentencia judicial histórica que ordena la titulación formal de su territorio ancestral en la región de la Amazonía, que se ubica dentro de una zona protegida.
Los Siekopai tienen una población de 800 habitantes en el lado ecuatoriano y 1.200 en el peruano.
El reclamo, en primera instancia, se realizó en las puertas de la Corte Constitucional y del Ministerio de Ambiente, Agua y Transición Ecológica (MAATE), entidades públicas que debieran ocuparse de hacer cumplir un fallo emitido en noviembre de 2023, pero que sigue sin ejecutarse.
Esa sentencia fue adoptada por la Sala Multicompetente de la Corte Provincial de Justicia de Sucumbíos, que basó su decisión en normas constitucionales e internacionales como el Convenio 169 de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), ratificado por Ecuador en mayo de 1998.
La Constitución de Ecuador, de las más avanzadas en esta temática, incluye varios artículos en los que no solo se reconoce el carácter intercultural y plurinacional del país (artículos 1,10 y 56), sino los derechos territoriales de comunidades, pueblos y nacionalidades.
Así, el artículo 57 reconoce varios derechos colectivos a pueblos y nacionalidades, incluyendo los de conservar la propiedad imprescriptible de sus tierras comunitarias, mantener la posesión de las tierras y territorios ancestrales, y obtener su adjudicación gratuita; además de participar en el uso, usufructo, administración y conservación de los recursos naturales renovables que se hallen en sus tierras.
La resolución ordenó que el MAATE, en el plazo de 45 días, adjudique a la nacionalidad Siekopai un título ejecutivo de propiedad sobre las 42.360 hectáreas del territorio ancestral llamado Pë’këya.
La entrega de la resolución debía ser pública y presencial, en territorios del Pueblo Indígena.
Asimismo, se obligó al MAATE a ofrecer disculpas públicas formales orientadas a los ancianos, jóvenes y miembros de la nacionalidad Siekopai. El acto pretende resarcir la vulneración histórica de sus derechos territoriales colectivos, el desplazamiento forzado sufrido tras el conflicto bélico de 1941 y la posterior creación unilateral de la Reserva Cuyabeno en 1979.
Finalmente, como la Corte determinó que la declaratoria de Área Protegida (Reserva Cuyabeno) no anula la propiedad ancestral, le ordenó al Estado adecuar sus registros para que la titularidad del espacio coexista con el estatus de conservación, garantizando que el pueblo Siekopai ejerza la libre gobernanza, administración y uso espiritual de su territorio.
El problema es que, a junio de 2026, no se avanzó en el proceso administrativo de titulación, por lo cual el pueblo se movilizó y lo seguirá haciendo hasta detectar novedades positivas al respecto.
Una historia antigua
El territorio ancestral del pueblo Siekopai fue afectado seriamente por los conflictos territoriales entre Ecuador y Perú, sobre todo lo ocurrido a mediados de 1941.
Al cierre de los enfrentamientos de ese año, se firmó el Acuerdo de Talara el 2 de octubre, mediante el cual Ecuador y Perú acordaron y aplicaron un alto el fuego bilateral, estableciéndose una zona desmilitarizada bajo la observación de representantes militares de Argentina, Brasil y EE.UU. como mediadores, que también firmaron el acuerdo y, posteriormente, el Protocolo de Río en 1942.
Sin embargo, el conflicto no se resolvió totalmente y se siguieron discutiendo los límites entre ambos países. De hecho, unos 78 km de la frontera ecuatoriano-peruana quedaron sin marcar durante décadas, lo que continuó provocando conflictos diplomáticos y enfrentamientos militares entre ambos países. Recién en 1998 se firmó en Brasilia un acuerdo de paz definitivo.
A partir de 1941, los Siekopai no pudieron volver a su territorio, a Pë’këya, porque la zona estaba militarizada, salvo incursiones clandestinas para visitar familiares.
Desde 1993 el pueblo inició procesos jurídicos de reclamo de sus tierras.
En 1997 lograron tener un mapa de su territorio a partir de antecedentes históricos como documentos de los jesuitas del siglo XVIII que incluían cartas y mapas en los que se señalan ríos con términos en paikoka, la lengua de los Siekopai.
También presentaron mapas coloniales españoles de la Real Audiencia de Quito en 1779, y mapas territoriales creados por la propia nación Siekopai en los que caracterizaron sitios históricos y sagrados, así como ríos y lagunas importantes.
Su vínculo con el territorio
Pë’këya es el territorio ancestral de la nación Siekopai y, además, es un lugar de una enorme riqueza natural, ya que alberga algunos ecosistemas con mayor biodiversidad del planeta, centenares de especies de aves, reptiles y mamíferos, incluyendo algunas seriamente amenazadas como el delfín del río Amazonas, el manatí y el paiche. También abarca una variedad muy importante de especies vegetales, varias de ellas muy presentes en la vida, la alimentación, la medicina y la espiritualidad Siekopai.
Su profunda relación con el territorio se expresó con especial claridad durante la pandemia del COVID-19.
En marzo de 2020 aparecieron los primeros casos en la comunidad Siekopai en Ecuador, y en abril fallecieron dos personas.
Frente a esa situación, lo primero que hizo la comunidad fue proteger a sus mayores, a quienes llevaron a pequeñas islas de la zona del Cuyabeno —sitios estratégicos para evitar contagios—. “Allí donde nuestros ancestros nos contaban que está el centro del origen”, explicó Justino Piaguaje, presidente de la nación originaria Siekopai, en comunicación telefónica que mantuvimos en aquel momento.
Pero los Siekopai hicieron mucho más que eso.
En un proceso de reconstrucción colectiva de sus historias y conocimientos, comenzaron a recuperar y analizar los relatos que contaban las abuelas sobre antiguas enfermedades, como la tos ferina y el paludismo.
Para enfrentarlas, el pueblo desde siempre ha recurrido a lo que la misma selva produce y pone a disposición de las personas. Según contó Justino Piaguaje, analizaron los diversos usos de las plantas medicinales y los compararon con los síntomas y efectos del coronavirus, mediante una especie de minga para determinar cómo enfrentar la enfermedad. Luego fueron elaborando preparados, los probaron y finalmente identificaron cuáles eran las plantas más adecuadas para la prevención y tratamiento del COVID-19.
Con esa información, realizaron una expedición hacia lo profundo de la selva con el acompañamiento de los abuelos, quienes tienen los conocimientos para identificar y saber cómo recoger los insumos medicinales.
Con lo recolectado pasaron a la etapa de elaboración de los preparados medicinales, conformaron un reservorio ordenado de las medicinas y luego las fueron aplicando según las necesidades y estado de las personas afectadas (vía oral, por goteo o vaporización).
El resultado fue muy alentador: todos los enfermos se recuperaron a partir del uso de estas medicinas, ya que no contaron con otras que fueran provistas por las autoridades estatales. “Los médicos que vinieron no traían nada, solo ese aparato para oír los pulmones, nada más”, recordó Justino Piaguaje.
Posteriormente, los Siekopai buscaron compartir sus conocimientos con el resto de los pueblos amazónicos, con las otras nacionalidades de la zona. La idea era transmitir el mensaje de que las comunidades no estaban solas y que se podía utilizar la medicina propia que está en la selva.
Junto con la CONFENAIE, compartieron la medicina con los pueblos Kichwa, Sina, Kofan, Shuar y Awa, realizando un aporte solidario y significativo para el combate a esa grave enfermedad en ese momento.
Exigencia de cumplimiento
La resiliencia de los Siekopai ante una enfermedad desconocida es un ejemplo concreto y destacable de una concepción de salud que no es una mera falta de enfermedad, sino una expresión de la concepción sistémica del Buen Vivir.
Dentro de los territorios y comunidades indígenas encontramos a personas con las capacidades y conocimientos para equilibrar la energía, calmar el dolor y sanar los padecimientos que afectan a la población; personas que, como portadoras y depositarias del saber milenario, son reconocidas por la misma comunidad.
Pero, además, es un ejemplo claro de la relevancia del territorio, no de un espacio territorial cualquiera, sino del territorio ancestral, porque el pueblo existe en relación con su lugar de origen y fuera de él la situación es muy diferente.
De hecho, en el proceso de reconocimiento de sus derechos territoriales, en algún momento las autoridades estatales ofrecieron territorios en otros lugares con “mejor acceso y más grande”, según los funcionarios.
Sin embargo, los Siekopai no querían más tierras, solo querían su lugar, su ámbito ancestral, parte esencial de su cultura.
Y ahí están, marchando sobre Quito, exigiendo lo que es propio, lo que los jueces reconocieron, pero que sigue sin cumplirse.